Hemos encontrado este interesante artículo de Gianfranco Pasquino, Profesor de Ciencias Políticas en la Universidad de Bolonia y publicado por el diario argentino Clarín:
Cuando Aristóteles escribió de manera memorable que el hombre es un "animal político" pretendía afirmar más exactamente que el hombre vive en la polis, en la ciudad. Por ende, es un ciudadano que debe ocuparse de la vida de su ciudad y que, junto con los demás hombres, tiene derechos y deberes.
En aquella ciudad griega, abierta y democrática, la esfera de la vida social -podríamos decir, privada- de los hombres, no se distinguía fácilmente de la esfera de su vida pública. Es más, el problema ni siquiera se planteaba. Seguidamente, para los romanos, la esfera de la vida privada de los hombres que ocupaban cargos públicos debía estar siempre sujeta a controles rigurosos. De ahí la famosa expresión según la cual hasta la propia mujer de César debía estar más allá de toda sospecha. Con mayor razón, los comportamientos de César, aun en su vida privada, debían ser impecables, irreprochables.
Con el transcurso del tiempo, lo privado, o la "privacidad" pasó a indicar esa esfera de la vida de los hombres y las mujeres que no debe ser invadida por el poder político. Es más, la invasión y la supresión de la privacidad caracterizan el funcionamiento de los regímenes autoritarios, y más aún, los regímenes totalitarios. Paradójicamente, sin embargo, la eliminación de la línea distintiva entre lo público y lo privado se produjo en el siglo pasado justamente en los regímenes democráticos de tipo anglosajón con consecuencias impredecibles, ciertamente no previstas, probablemente ni siquiera del todo deseadas.
Lo que el político hace en su vida privada, empezando por sus comportamientos sexuales, aunque no solo éstos, inevitablemente influye también en su imagen pública. Son actualmente muchos los casos de políticos estadounidenses y, en los últimos tiempos, también ingleses, llamados a responder por sus traiciones conyugales, pero también por el uso de dinero público con fines privados. A menudo, más que la traición lo que cuenta es haber mentido. Muy sintéticamente, pero con más precisión, se podría sostener que si un político traiciona y miente sobre su privacidad es casi lógico que los electores saquen la conclusión de que no vacilará en traicionar y mentir también en sus comportamientos públicos.
El político y hombre de gobierno que más exaltó su vida privada justamente con el objetivo de adquirir poder en la vida pública tal vez sea Silvio Berlusconi. También otros, por ejemplo, Nicolas Sarkozy, aprovecharon su vida privada (noviazgo y matrimonio con una estrella de la moda y de la canción) para obtener publicidad y popularidad.
Mi impresión es que el Presidente francés lo hizo conscientemente, mientras que Berlusconi lo hace porque no reconoce ninguna línea divisoria entre él, gran empresario, el multimillonario dueño del equipo de fútbol Milan y el jefe de un partido convertido en jefe de gobierno. Es más, utilizó todo lo privado para obtener el poder público y continúa exhibiendo su riqueza privada, invitando, por ejemplo, a los poderosos de la tierra, Putin y Blair, entre otros, a su mansión en Cerdeña.
Sin entrar en los detalles de su propensión a rodearse de mujeres jóvenes, el problema que plantea Berlusconi es el siguiente: ¿es legítimo que los medios de comunicación invadan y exploren tan profundamente la vida privada de un político? Creo que la respuesta debe ser afirmativa y que las eventuales violaciones tienen que ser juzgadas, de un lado, por la justicia, del otro, por la opinión pública (quizás informada de una manera no demasiado parcial por los medios).
Todos los hombres y las mujeres que están en la política obtienen enormes ventajas: en visibilidad, en popularidad, en prestigio, en dinero, en privilegios y, para nada menor, en poder. Por lo tanto, está bien que paguen esas ventajas con un redimensionamiento aunque sea drástico de la esfera de lo privado. Está bien, asimismo, que los electores sepan cómo se comportan los políticos que eligieron para el Parlamento y que mandaron al gobierno.
En el caso de Berlusconi, por otra parte, todo esto es aún más legítimo ya que fue él mismo quien borró el límite entre lo privado y lo público ventilando públicamente lo que había hecho con éxito en su vida privada. Ahora, el jefe del gobierno italiano, Silvio Berlusconi, corre el riesgo de ser derrocado aparentemente por lo que hizo como hombre, como ciudadano privado, podríamos decir, pero hace ya por lo menos quince años que Berlusconi no es un simple ciudadano privado.
Es difícil saber si su electorado, hasta ahora amplio, sustancialmente fiel, a menudo entusiasta y ferviente, piensa abandonarlo debido a sus comportamientos demasiado alegres y, quizá, disolutos. Pero, para cualquier político, la política nunca está hecha solo de números y votos. Está hecha también de prestigio, de dignidad, de capacidad para infundir confianza.
© Gianfranco Pasquino y Clarin. 2009. Traducción de Cristina Sardoy.
¿ Y el político es un hombre bastante animal?